sábado, 25 de enero de 2014

Una forma de decidir

Cinco años después de la primera entrada de este blog, me dispongo a hacer la segunda.

Extraño los setentas, aunque nací en 1991. El tiempo de obras maestras como la película Naranja Mecánica (1971) de Stanley Kubrick o libros como El Progreso Improductivo de Gabriel Zaid (1979).

Cuando conocí Clockwork Orange, la música sintética del transexual Wendy Carlos me hacía sentir que me había perdido de algo importante por no haber nacido entonces. Habría que pensar si aún en el tiempo que estoy viviendo, no me estoy perdiendo de eventos que marcarían mi vida para siempre. ¿Cómo saber en qué enfocar la atención? ¿Cómo decidir por donde encauzar la vida, en qué consumir el tiempo, hacia dónde voltear la cabeza? Podría haber joyas esperándome, o mejor aún, eventos históricos irrepetibles que me estoy perdiendo. Y seguramente no es lo que sale en las noticias, pues eso es más bien trillado o peligroso.

Decidir. Es fácil hacerlo cuando uno lee un libro y este libro hace referencia a otros, conduciéndonos naturalmente a lo necesario y deseable. Es una necesidad de los libros que los lectores nos embarquemos en la conversación-red que han formado con otras publicaciones. Esto es, especialmente, cuando el libro nos llama, nos golpea, nos rompe el hielo interior, como diría Kafka.

La mejor forma de tomar decisiones es aprovechando lo irrepetible, lo único, el momento en que coincidimos con algo de manera casi absoluta. Es decir, sencillamente, cuando estamos inspirados.

Desconozco la teoría de la decisión, pero ¿qué decisión será mejor que la tomada por uno mismo? ¿se necesita ayuda de teorías para gerentes y ejecutivos?

No descarto que la teoría de decisión me pueda ayudar, pero por lo pronto prefiero guiarme por ideas aproximadas del mundo que han salido de mi propia visión o de personas afines.

El azar: hay que decidir en base a algo parecido a revelaciones divinas. Esto se contrapone a lo "racional" de la teoría. Cosas como abrir la Biblia para ver qué nos hace hacer, o dejarse llevar por los eventos que salen de lo cotidiano, leer libros por recomendación en vez de seleccionarlos uno mismo, hacer homenajes a los genios por la fecha de su nacimiento. Son formas de exponerse a la buena de la suerte y de aprender, es decir, salir de nuestro cómodo contexto para seguir la inspiración o el lado dionisíaco de la existencia.

Después de el azar, viene la inspiración. Es decir, yo tomo un libro al azar y me llama o no me llama. Si me llama, lo atiendo y me embarco en una nueva aventura. Si no me llama, vuelvo al azar "puro" o al artificio de la decisión por revelación. Cuando hay suficiente inspiración, puedo pasarme un buen rato sin necesidad de decidir. Cuando surge la necesidad, sigo mis sistemas azarosos.


jueves, 25 de junio de 2009

De la trascendencia y la inmortalidad...

¿Qué finalidad tiene todo esto?

Si bien la intención final y más profunda de todo aquel que plasma su visión en algo es trascender al tiempo y la muerte, hay muchísimos casos en que el interesado ni siquiera alcanza a vivir para enterarse de su importancia.

Ahora, la importancia de saber en vida que se va a lograr trascender depende de aquello que se presente después de morir. Si acaso la muerte no fuera más que un paso a la nada, la verdadera utilidad de una obra humana (no lo dejemos en arte) sería el reconocimiento que se alcance en vida, derivando en el prestigio (alimento del ego) y los múltiples privilegios que esto conlleva. El placer y la felicidad serían lo más atractivo y finalmente lo mejor.

La inmortalidad es una idea meramente emocional, un placebo para la mente humana y su "espíritu". Si nosotros como pequeños hombres creemos librar una guerra contra el fin, contra la muerte, esa lucha está perdida de antemano. Pues ¿qué cosa puede contra la eternidad? El tiempo es infinito, y por más angustia que tengamos, las cosas como tales se extinguen.

¿El valor de las ideas?

Nuestras ideas son simplemente reacciones propias a nuestra percepción del mundo y de la realidad, sólo son válidas para aquellos que perciban igual que nosotros. El valor que tienen para el mundo REAL y no sólo para los individuos que reaccionan casi igual que nosotros, es subjetivo, por eso son tan importantes las obras físicas en las que se manifiestan, por lo menos con el fin de comunicarlas con mayor exactitud. A final de cuentas, lo que llamamos trascendencia de una obra, es algo temporal, pasajero, que sólo perdurará en los seres físicos que puedan entender los significados o mínimo sentir las emociones, aproximadamente.

Por más que transmitamos nuestras caóticas y desordenadas ideas a este mundo de individuos que también las comunicarán, llegará un día en el que no sobreviva nadie para escucharnos. Con el paso del tiempo y de nuestras ideas por este mundo, éstas se irán deformando y el mensaje que dejamos cada día será distinto. Por más que influyan en acciones ajenas que "cambien al mundo", pronto toda nuestra condenada civilización llegará a su fin, y si acaso hubiera otras civilizaciones que nos lograran escuchar, tampoco podrían ser eternas. En este mundo lo infinito no se podría concebir si las cosas no fueran finitas. Algún día, que lo más probable es que no sea muy lejano, obtendremos el premio mayor por haber estado aquí; nuestro fin.

Y al final, cuando no quede nadie, nada de lo que hicimos habrá importado. ¿o sí?